El miedo es lo opuesto a la fe. Esta popular frase, común en los círculos de la iglesia, ofrece una solución simplista para quienes luchamos a diario con el temor. Desde muy joven, me enseñaron que si creía lo suficiente, el miedo se disiparía como la niebla en el sol de la mañana. Cuando se presentaba una situación que me asustaba, trataba de pensar en cómo salir de ella, de liberarme de ella y de orar para que desapareciera, pero el miedo permanecía. Al parecer, mi fe era más pequeña que un grano de mostaza, porque he soportado décadas de dudas, dolor interior, pesadillas y un sueño intranquilo.
Ahora, el hecho de criar a tres hijos y observar cómo experimentan ellos el miedo, me ha dado una nueva perspectiva sobre mi propia ansiedad. Cuando mis hijos tienen miedo, no espero que piensen o sientan de otra manera. No les ofrezco respuestas equivocadas que les obliguen a quitarse de sus hombros la roca del miedo. Ellos necesitan expresar sus preocupaciones y recibir amor a cambio. Cuando tienen miedo, necesitan que yo les responda con un abrazo, una mirada a los ojos y la seguridad de que en mi presencia están a salvo. Frente al amor, el miedo pierde su fuerza.
La dinámica con mis hijos me recuerda que el miedo no es lo opuesto a la fe; el miedo es lo opuesto al amor. La fe no es una curita que podamos poner sobre nuestro dolor, ¿pero qué del amor? El amor es un bálsamo. Un lenitivo. Una medicina que cura en vez de ocultar el dolor. Cuando sabemos que somos amados como hijos de Dios, podemos recibir el amor que nos acompaña en las situaciones de terror y oscuridad.
Nuestra tendencia, cuando tenemos miedo, es buscar una salida lo más rápido posible. Utilizamos todo tipo de adormecimientos que la vida moderna nos ofrece —el bullicio, la comida, la bebida, las compras y el cambio de escenarios— para superar el malestar. Somos maestros en el arte de la evasión. Pero el adormecimiento y el escape solo ofrecen un alivio efímero. Tampoco podemos simplemente lanzar contra nuestro miedo un versículo aislado de la Biblia o una frase que suene religiosa.
Dios se acerca continuamente hacia quienes tienen miedo, a los que sufren, a los que están atrapados en el pecado, la enfermedad o las posturas religiosas.
En vez de eso, podemos ir a las Sagradas Escrituras para ver el carácter de Dios cuando Él se acerca continuamente hacia quienes tienen miedo, a los que sufren, a los que están atrapados en el pecado, la enfermedad o las posturas religiosas. Cuando Jacob pasa una noche de angustia en un lugar solitario antes de encontrarse con su hermano Esaú, del que está separado, no está solo. Lucha con un ángel y llama al lugar de esta lucha Peniel, que significa “el rostro de Dios”. Jacob vio al Señor “cara a cara” y vivió para contarlo (Génesis 32.30). Luego, en el gran Éxodo, los israelitas nunca son abandonados a su suerte en el desierto de su ansiedad. Dios está siempre presente, ofreciendo pruebas de su presencia en una llama de noche y una nube de día. Estos son algunos de los innumerables relatos de la presencia de Dios en la Biblia, una presencia que culmina con la encarnación de Jesucristo y la presencia del Espíritu Santo. La historia central de nuestra fe es la creencia de que Dios se mueve hacia nosotros, especialmente en nuestras situaciones más oscuras y angustiosas.
A veces, nuestros temores tienen su origen en la imaginación de algún desastre futuro, y a veces lo que más tememos se convierte en realidad:
El diagnóstico médico es terminal.
El hijo rechaza la fe.
Se pierde el trabajo.
El acontecimiento traumático lo cambia todo.
Pero, pase lo que pase, Cristo está ahí esperando con su presencia. No estamos solos. El miedo es una realidad, pero el Amor mismo nos acompaña siempre hasta el final.