Es difícil ver cómo un ser querido lucha contra una carga pesada, sobre todo cuando no sabemos cómo ayudarlo.
Quizá se trate de un amigo que padece una enfermedad crónica, un compañero de trabajo que atraviesa una situación familiar dolorosa o alguien de la iglesia que lucha en silencio contra la soledad.
Este mes compartimos las reflexiones bíblicas del Dr. Stanley sobre nuestra responsabilidad de llevar las cargas los unos de los otros. Esperamos que estas le brinden una perspectiva alentadora acerca de sus relaciones.
Es probable que en todas las iglesias haya personas que se sientan abrumadas por cargas pesadas.
Pueden enfrentar relaciones difíciles, desánimo espiritual, pecados persistentes o cualquier otra clase de problema. Lo que necesitan es un compañero en la fe que camine a su lado y las ayude a llevar sus cargas.
El apóstol Pablo abordó esta responsabilidad en Gálatas 6.1-5:
“Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado. Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo. Porque el que se cree ser algo, no siendo nada, a sí mismo se engaña. Así que, cada uno someta a prueba su propia obra, y entonces tendrá motivo de gloriarse solo respecto de sí mismo, y no en otro; porque cada uno llevará su propia carga”.
Debemos llevar las cargas de los demás, pero cada uno debe llevar su propia carga.
En este contexto, una carga se refiere a las responsabilidades personales, incluidas las obligaciones diarias relacionadas con el trabajo y la familia, así como los problemas, las frustraciones y las pruebas que, inevitablemente, surgen en la vida.
Sin embargo, la palabra “cargas” también puede referirse a pesos grandes y opresivos que abruman a una persona. Esas son las cargas que debemos ayudar-nos a llevar unos a otros.
¿De dónde vienen estas pesadas cargas?
A veces son el resultado de nuestras propias acciones y malas decisiones.
Pablo da el ejemplo de alguien que es sorprendido en pecado y sufre las consecuencias. Las cargas también pueden surgir de circunstancias difíciles que escapan a nuestro control, como una enfermedad prolongada o un incendio en el hogar.
Y, en ocasiones, son consecuencia de las acciones o decisiones de otras personas.
¿Cómo podemos acompañar a alguien que está agobiado por una carga?
Podemos empezar por no excusarnos de nuestro deber, alegando que no podemos ayudar porque ya tenemos suficientes problemas.
La carga de Pablo era bastante pesada, pero nunca dejó de ayudar a los demás pues sabía que podía hacer todas las cosas en Cristo que lo fortalecía (Fil 4.13).
Nosotros también podemos confiar en que Dios nos dará la gracia y la fuerza para sobrellevar nuestra propia carga y ayudar a alguien que lleva una carga pesada.
Aunque algunas personas no quieran revelar sus problemas, otras anhelan un amigo que las apoye. Siendo sensibles a quienes nos rodean —y a la dirección del Espíritu— podemos acercarnos a ellos con gentileza.
Quizá ellos mismos se hayan buscado sus dificultades, pero este es el momento de la aceptación y la gracia, no del juicio ni de la condena.
En la práctica, ¿qué significa ayudar a aliviar la carga de alguien?
Compartir una carga puede manifestarse de muchas maneras. Puede ser tan sencillo como escuchar con atención, acompañar a una persona en su duelo u orar con ella.
Presentarla ante el trono de la gracia de Dios puede ser de gran aliento para quien atraviesa una necesidad. Mediante su intercesión, esa persona comienza a experimentar el amor y el cuidado del Señor, quien aligera su carga, aun cuando su situación no haya cambiado.
Busque oportunidades para ayudar a otros creyentes que estén pasando por dificultades. Al compartir la carga de otra persona, demuestra un carácter piadoso y cumple la ley de Cristo.
Tenga la seguridad de que Dios os hará “aptos en toda obra buena para hacer su voluntad, obrando Él en nosotros lo que es agradable delante de Él mediante Jesucristo” (He 13.21 LBLA).
Esperamos que las reflexiones del Dr. Stanley le hayan brindado herramientas prácticas y confianza para cuidar de los demás. Entregarnos al servicio de otros no requiere perfección ni recursos ilimitados, sino disposición y sensibilidad a la guía del Espíritu Santo.
O quizá sea usted quien necesite ayuda. Permita que sus hermanos y hermanas en Cristo le brinden apoyo. Después de todo, así es como Dios diseñó a su familia.
Hasta la próxima, que Dios le bendiga.
Para la gloria de Dios,
Sus hermanos de Ministerios En Contacto