El “fruto del Espíritu” incluye paciencia (Ga 5.22, 23), pero el Espíritu Santo no la impone por la fuerza. Más bien, nos guía como un maestro fiel y hace posible nuestro crecimiento. El fruto espiritual nos ayuda a madurar con el tiempo, a medida que obedecemos al Señor y nos sometemos a su voluntad.
La paciencia implica esperar el tiempo de Dios, tanto en lo que deseamos como frente a los desafíos que otros nos causan. Es el fruto de una fe que se profundiza. El Espíritu Santo nos ayuda a reconocer la obra del Señor a lo largo de la vida, y nuestra confianza se fortalece al ver oraciones respondidas y el bien que Dios saca de las circunstancias difíciles. Así, crecemos en confianza en su bondad y soberanía, y aprendemos a esperar sus soluciones y resultados.
De hecho, reconocer la soberanía de Dios es clave para volvernos más pacientes. Una parte importante de rendirnos a su control es esperar que Él obre conforme a su voluntad.
La paciencia no surge de forma natural. El Espíritu Santo fortalece nuestra determinación para soportar sin quejarnos. Al fin y al cabo, Dios parece lento solo desde una perspectiva humana. Desde una perspectiva divina y eterna, Él siempre actúa a la velocidad perfecta.
BIBLIA EN UN AÑO: 1 REYES 8-9