Los gobernantes, ancianos y escribas del pasaje de hoy estaban asombrados. Pedro y Juan acababan de sanar a un hombre cojo en el nombre de Jesucristo y predicar la resurrección del Señor a una multitud (Hch 3). Al interrogarlos, las autoridades esperaban una defensa torpe de unos galileos incultos, pero encontraron una claridad y un valor difíciles de explicar. Entonces reconocieron que, “habían estado con Jesús” (Hch 4.13).
Esa pequeña observación contiene una gran verdad. Lo que distinguía a Pedro y Juan no eran sus credenciales ni sus capacidades naturales, sino su cercanía con Cristo. Habían caminado con Él, escuchado, sido corregidos, amados y enviados por Él. Y eso se notaba.
A veces imaginamos que la vida cristiana consiste en volvernos impresionantes para Dios. Pero la Biblia muestra algo diferente: el Señor no busca un currículo perfecto, sino personas dispuestas a acercarse a Él y ser transformadas. Como los discípulos, pescadores y un recaudador de impuestos que no eran notables según los estándares del mundo.
Cualquiera que sea su condición, pasar tiempo con el Señor Jesús nunca es un desperdicio. Con el tiempo, otros podrán reconocer con Quién ha estado.
BIBLIA EN UN AÑO: LUCAS 6-7