La carta de Pablo a Filemón es breve, solo 25 versículos, pero es una de las representaciones más claras del evangelio en miniatura en las Sagradas Escrituras.
El trasfondo de la historia es simple. Onésimo, un esclavo en la casa de Filemón, había dejado su posición y se dirigió a Roma. En algún lugar de esa ciudad, su camino cruzó con el de Pablo, y bajo el cuidado del apóstol, Onésimo llegó a la fe en Cristo. Lo que empezó como una fuga terminó en una transformación.
Pero surgió una nueva pregunta: ¿Y ahora qué? Pablo le pidió a Filemón, quien era creyente, que recibiera a Onésimo “ya no como esclavo, sino como más que esclavo, un hermano amado” (Fil 1.16). Y luego, Pablo hizo una propuesta notable: “Y si en algo te dañó, o te debe, ponlo a mi cuenta” (Fil 1.18).
El paralelo es sorprendente. Cualquiera que haya sido el agravio que separó a Filemón y Onésimo, Pablo se interpuso entre ellos y asumió el costo, haciendo posible la reconciliación.
Que es justo lo que Cristo ha hecho por nosotros. Los agravios que hemos cometido, Él los tomó sobre sí y pagó el precio. Por su intervención, somos bienvenidos en la familia de Dios, no como sirvientes o extraños, sino como sus hijos amados (Jn 1.12).
BIBLIA EN UN AÑO: LUCAS 1