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Iglesia de Budir, Península de Snaefellsnes, Islandia. Fotografía por Charles F. Stanley.
Meditación diaria

La recompensa del creyente

Nuestro galardón no es algo que ganamos con nuestro esfuerzo —es el gozo de vivir una vida arraigada en Cristo.

1 Corintios 3.4-15

Pablo escribió a una iglesia dividida. Los corintios se alineaban con sus maestros favoritos, diciendo: “Yo soy de Pablo” o “Yo soy de Apolos”, como si el evangelio perteneciera a una persona u otra (1 Co 3.4). Pablo los corrigió con una metáfora agrícola: él plantó y Apolos regó, pero Dios dio el crecimiento. Los obreros no son nada por sí solos; Cristo es el fundamento y toda vida fiel está edificada sobre Él.

De esa conversación surge una de las imágenes más impactantes de la Biblia. Pablo dice que cada uno de nosotros está construyendo algo con las oportunidades que Dios nos da, y la calidad de esa obra será revelada un día por el fuego. Algunas probarán ser oro, plata y piedras preciosas. Otras resultarán ser paja. El fuego no está allí para castigar; está para revelar.

Esa es una imagen esperanzadora, no aterradora. Significa que las cosas pequeñas, ocultas y fieles —oraciones que nadie más escuchó, actos de bondad que nadie notó— no se pierden; perduran (Mt 6.3, 4).

La recompensa del creyente no es un premio ganado por el desempeño, sino el gozo de saber que una vida entregada a Cristo nunca fue desperdiciada. Sea lo que sea que esté construyendo hoy, edifíquelo sobre el Señor. Él es el fundamento seguro.

BIBLIA EN UN AÑO: MARCOS 15-16