Dios quiere que nuestras palabras le sean de su agrado. Eso no deja lugar para conversaciones inútiles ni para palabras malintencionadas, que distan mucho de ser agradables; debemos “dejar” ese tipo de lenguaje (Col 3.8).
En Romanos 1, Pablo nos recuerda que Dios se ha revelado a toda la humanidad y nos llama a ser santos. En el pasaje de hoy, el chisme es solo una de las acciones de las que debemos apartarnos. Lea la lista completa: nada de lo que aparece en ella es atractivo y cada acción daña tanto nuestra vida como nuestro testimonio. Sin embargo, todos hemos caído en ellas en algún momento, ya sea envidiando, mintiendo, dejando de amar o difundiendo chismes.
En Efesios 4.29, el apóstol Pablo describe cómo debemos hablar: “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes”.
Antes de hablar, pregúntese: ¿Esto glorifica a Dios? ¿Edifica y alienta a otros? Y ore, pidiendo que el Señor guíe su lengua para que sus palabras dirijan a otros hacia Él.
El chisme no produce nada bueno en la vida de nadie; por eso el Señor nos advierte contra él. En cambio, nuestras palabras deben edificar, consolar y animar a los demás.
BIBLIA EN UN AÑO: 1 CRÓNICAS 22-24