El Señor Jesucristo suele ser ignorado, menospreciado y negado por el mundo, pero un día todo ojo verá a Cristo revestido de majestad y poder. Juan 12.41 dice que a Isaías se le dio una visión de la gloria de Cristo, y la lectura de hoy registra la respuesta del profeta. Al ver al Señor sentado en un trono con todo su esplendor, Isaías reconoció la profundidad de su propia condición pecaminosa y exclamó: “¡Ay de mí, que soy muerto!” (Is 6.5).
Pedro tuvo una reacción similar ante Cristo. Cuando el Señor Jesús llenó milagrosamente las redes de pescar hasta rebosar, Pedro se postró ante Él, diciendo: “¡Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador!” (Lc 5.8). Pero los líderes religiosos de la época respondieron de una manera muy diferente. Cuando oyeron la predicación del Señor y vieron sus señales milagrosas, se enojaron y atribuyeron su poder a Satanás (Lc 11.15).
Como creyentes, somos los embajadores de Cristo en el mundo, y por tanto recibimos diferentes reacciones de la gente. Algunas dan la bienvenida al mensaje que llevamos, mientras que otras reaccionan con renuencia o incluso con hostilidad absoluta. De hecho, Cristo nos advirtió que así sería (Jn 15.18), pero nunca debemos dejar que las reacciones negativas nos desanimen de compartir el evangelio ni de vivir con rectitud.
Biblia en un año: Mateo 5-7