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Dos apreciaciones: La humanidad de Jesucristo

El Señor nos conoce por dentro y por fuera, pero ¿hasta qué punto en realidad nos entiende?

Renee Oglesby and Amanda Crosby 29 de enero de 2022

Cada mes pedimos a dos escritores que reflexionen sobre una cita del Dr. Stanley. En enero, Renee Oglesby y Amanda Crosby exploran lo que significa tener un Salvador que es del todo Dios y del todo hombre, y cómo su comprensión sobre la experiencia humana enriquece nuestra relación con Él. He aquí un extracto del libro del Dr. Stanley: Cada día en su presencia.
“Jesús sabe exactamente cómo se siente usted, incluso en este mismo instante. Las luchas que enfrenta no son extrañas para Él en lo más mínimo. En realidad, las conoce de manera muy personal. El rechazo, la traición, la pérdida, la aflicción, el dolor físico… Él experimentó todo eso. Y cuando usted los enfrenta, Él siente compasión por su persona (
Mateo 9.36). ... Jesús entiende cuán profundos son sus sentimientos y lo que necesita exactamente para sobrevivir las pruebas que enfrenta”.

Ilustración de Adam Cruft

Las luchas que enfrenta no son extrañas para Él en lo más mínimo. En realidad, las conoce de manera muy personal. 

Primera apreciación

Por Renee Oglesby

Como alguien que creció en una iglesia conservadora y alcanzó la mayoría de edad durante los años 70, a veces me siento en conflicto conmigo misma. Esta tensión surge incluso cuando leo las Sagradas Escrituras. Versículos como estos hacen que me detenga de vez en cuando: “Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús”; “Pues todos sois hijos de Dios mediante la fe en Cristo Jesús”; y “Por tanto, todo el que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos” (1 Timoteo 2.5; Gálatas 3.26; Mateo 10.32 –todas las citas son de La Biblia de Las Américas, énfasis añadido).
Los términos enfatizados, a primera vista, no me incluyen a mí como mujer.
Sé que algunas versiones modernas de la Biblia incorporan un lenguaje neutro o inclusivo para ayudar a personas como yo a superar estas barreras semánticas, por pequeñas que sean. Entiendo las actitudes culturales hacia las mujeres en los tiempos bíblicos y en las épocas en las que las Biblias fueron traducidas. Y reconozco sin reservas la verdad de que “no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3.27, 28). No soy un hombre ni un hijo; aun así, Dios me llama su hija.

No soy un hombre ni un hijo; aun así, Dios me llama su hija.

Ahora bien, si lo permitimos, incluso las pequeñas barreras pueden volverse opresivas con el tiempo.

Pocas cosas son más convincentes para una naturaleza sentimental que la idea de ser comprendido. Por eso, cuando leo: “Jesús sabe exactamente cómo se siente usted, incluso en este mismo instante. Las luchas que enfrenta no son extrañas para Él en lo más mínimo”, lo cual llena mi espíritu de alegría. Aunque todavía haya una parte de mí que piense en todas las humillaciones particulares en la vida de una mujer —por mi soltería y mi falta de hijos. Me costaba aceptar la idea de que el Señor Jesús fuera capaz de entender los sentimientos de una mujer, acerca del hecho de ser mujer.

Aun así, estoy de acuerdo con la conclusión del Dr. Stanley más adelante en la meditación devocional: “Él sufrió para poder comprender plenamente [mi] dolor”. En el huerto de Getsemaní, la noche antes de su crucifixión, el Señor Jesús dijo: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte”. Él oró no una, ni dos, sino tres veces: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa” (Mateo 26.38, 39).

Me costaba aceptar la idea de que el Señor Jesús fuera capaz de entender los sentimientos de una mujer, acerca del hecho de ser mujer.

Nunca he enfrentado la crucifixión, y ni siquiera puedo imaginar ese nivel de oración desesperada. Pero he clamado a mi Padre con un alma atribulada por cosas que deseaba que Él cambiara. Y he orado por algo, no una, ni dos, sino más veces de las que puedo contar. ¿No le ha sucedido lo mismo a usted?

Pero el Señor Jesús termina sus intensas oraciones con la más sumisa de las súplicas: “Pero no sea como yo quiero, sino como tú” (Mateo 26.39). A veces, la parte más difícil de la oración es dejar de lado lo que uno más desea, y decirle a Dios: “Solo quiero lo que tienes para mí, Padre. Que se haga tu voluntad”. Saber que el Señor Jesús hizo esa oración me da un gran consuelo y me proporciona un ejemplo de humildad a imitar.

De un tiempo para acá, cuando leo “hombre” y “humanidad” e “hijos de Dios” en mi Biblia, me recuerdo a mí misma que estoy incluida y que soy comprendida —que la Palabra de Dios es para mí, hacia mí y sobre mí. Mi barrera con respecto a su lenguaje es una que construí —y no ayudaba la cultura a mi alrededor— pero que puedo elegir derribar. O más bien, que puedo dar gracias porque el Señor Jesús la derrumbó para mí.

Segunda apreciación

Por Amanda Crosby

¿Se ha sentido por completo solo en una habitación llena de gente? Esa es la sensación que menos me gusta. En el séptimo grado de la escuela, me alejé de Abi, la única amiga de verdad que yo había tenido. Pensaba que podía mejorar mis amistades: quería ser popular. Así que, cuando llegaba la hora del almuerzo, intentaba sentarme con diferentes grupos, pero ninguno me aceptaba. Durante un tiempo, comí sola mi sándwich diario de pavo.

Comí sola mi sándwich diario de pavo.

Todo ser humano se siente así en algún momento de su vida, pero ¿qué hay del Señor? Cuando el Dr. Stanley escribió que el Señor Jesús había experimentado “el rechazo, la traición, la pérdida, la aflicción, [y] el dolor físico”, eso me hizo reflexionar. Caí entonces en cuenta de que Él sabía con exactitud lo que es estar solo: nuestro Salvador experimentó la vergüenza y el aislamiento por nuestro pecado. De hecho, lo experimentó con una intensidad mucho mayor de la que jamás podamos comprender.

Cuando leo los relatos de los evangelios en cuanto a la crucifixión de Cristo, suelo enfocarme en el drama —el terremoto, la oscuridad y el rasgamiento del velo—, pero en ese gran momento de revelación, el Señor Jesús estuvo por completo solo. Como nuestro redentor, Él colgaba en la cruz ensangrentado y desnudo, cargando con todo el peso de cada pecado que alguna vez sucedió o que sucedería. Y cuando lo hizo, el Padre celestial apartó la vista de su Hijo. En ese momento, el Señor Jesús sintió un nivel de soledad y agonía mucho mayor del que nosotros seríamos capaces de imaginar. Es un misterio que tal vez nunca lleguemos a comprender del todo, pero nuestros intentos nos ayudan a entender mejor el amor ilimitado e incondicional de Dios, y de su comprensión de la humanidad. 

Cuando leo los relatos en cuanto a la crucifixión de Cristo, suelo enfocarme en el drama —el terremoto, la oscuridad y el rasgamiento del velo—, pero en ese gran momento de revelación, el Señor Jesús estuvo por completo solo.

En la escuela, mi soledad llegó a su fin cuando me volví hacia Dios y Él me brindó una segunda oportunidad con Abi. Pensé que había estado sola, pero Él estuvo a mi lado todo el tiempo, entendiendo cada dolor. Cuando sufrí de esta pequeña manera, y al final le entregué el dolor, Dios fue aún más bondadoso, ya que me bendijo por partida doble con los amigos que Abi había hecho mientras tanto. Es posible que yo nunca hubiera conocido a ninguno de ellos de no haber transformado Dios mi error en algo maravilloso. 

Un puñado de estas personas, incluyendo a Abi, siguen siendo mis mejores amigos hoy en día. Aprendí entonces que, aunque no lo veamos nunca, Dios siempre utilizará nuestro dolor y nuestra soledad para impulsar su reino. El sacrificio del Señor Jesús creó una relación eterna con nosotros, quienes aceptamos su regalo. Por eso, aunque usted puede sentir que está solo, no lo está. El Señor está con usted para consolarle y guiarle, y Él sabe con exactitud cómo se siente.

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