Antes de que el Señor Jesús hiciera muchos de sus milagros —sanar a enfermos, alimentar a los cinco mil, restaurar la vista a los ciegos, curar a leprosos y resucitar de entre los muertos al hijo de una mujer— la Biblia nos dice que Él era “movido por la compasión”. Familiarizado con las luchas humanas, el Señor empatizaba con los demás y actuaba a favor de las personas. Él tanto entendía a la perfección como se conmovía a la perfección. Ojalá pudiera decirse lo mismo de nosotros.
Hace algunas semanas, me estaba poniendo al día con una amiga, y ella comenzó a lamentarse de sus problemas actuales, que han sido los problemas con los cuales ha vivido durante años. Su situación no es menos desgarradora ahora que al principio, pero esa noche en particular no pude reunir la gracia suficiente para consolarla. Cansada y vacía, me senté, permanecí en silencio la mayor parte del tiempo, añadiendo gestos de afirmación aquí y allá. Por un lado, eso me parecía lo mejor que podía hacer en ese momento, pero por el otro, me sentía como un fraude al fingir que me importaba su situación.
No podemos comprender por completo el sufrimiento de nuestros amigos y familiares, y en verdad no siempre nos conmueve su dolor. En esos casos, a veces lo único que podemos hacer, según el Dr. Stanley, es decir: “Ya sabes, no entiendo del todo por lo que estás pasando, pero estoy dispuesto a escucharte si quieres desahogarte”. Todos podemos hacer lo que el Señor Jesús está haciendo por nosotros, y la verdad es que no tenemos otra opción. Si quiero ser seguidor del Señor, Él dice que debo consolar a los demás”.
Cuando carecemos de verdadera comprensión, puede parecer poco sincero el consolar por pura formalidad a otra persona. Pero aún así el Señor Jesús nos llama a brindar compasión.
Cuando carecemos de verdadera comprensión, puede parecer poco sincero el consolar por pura formalidad a otra persona. Pero aún así el Señor Jesús nos llama a brindar compasión. La cuestión es que, cuando la semejanza a Cristo es evidente en nuestra vida, lo hacemos por causa de Él ante todo: “El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, porque separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15.5). El proceder piadoso no es una fabricación o una actuación, sino el resultado de permanecer cerca del Señor. Tal vez esa brecha entre su llamado a consolar y nuestra incapacidad para empatizar, deje espacio para que el Espíritu Santo realice lo que nosotros no somos capaces de hacer. La clave está en estar presentes y atentos a las señales de Aquel que “nos consuela en toda tribulación nuestra, para que nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción con el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios” (2 Corintios 1.4).
Hace poco descubrí que un nombre para el Espíritu Santo —Paracletos— y la palabra griega para consolación tienen la misma raíz. Me pregunto si esa noche habría sido diferente si hubiera imaginado mi papel como consoladora de mi amiga más como el ministerio del Espíritu Santo para mí. El prefijo para (en Parakletos) significa “estar cerca”, y esa ha sido siempre mi abrumadora impresión en cuanto al Espíritu: su cercanía y su persistente presencia. Si así es como me consuela el Espíritu Santo, ¿puedo consolar yo a una persona amiga tan solo estando cerca, incluso cuando solo estoy cumpliendo con una formalidad?
El Señor Jesús empatizaba con los demás. Él tanto entendía a la perfección como se conmovía a la perfección. Si tan solo pudiera decirse lo mismo de nosotros.
El autor Parker J. Palmer escribe: “El alma humana no quiere ser aconsejada o arreglada o salvada. Solo quiere ser presenciada, ser vista, escuchada y acompañada justo como está. Cuando hacemos ese tipo de profunda reverencia al alma de una persona que sufre, nuestro respeto refuerza los recursos curativos del alma, los únicos recursos que pueden ayudar al que sufre a salir adelante”. Si Palmer tiene razón, que por encima de todo las personas necesitan ser vistas y escuchadas, entonces quizás en esos días en los que no logramos conmovernos, el Sanador supremo testifica junto a nosotros. Tal vez lo que percibí como un fracaso en ayudar a mi amiga con sus problemas, fue un gran consuelo para ella porque fue vista y escuchada por su amiga y por el Espíritu Santo.
El concepto de ser vistos me recuerda la conversación de Dios con Agar. En vez de enfrentarse a la ira de su ama, Agar huyó al desierto, embarazada, sola y asustada. El Señor le preguntó de dónde venía y adónde iba, sabiendo las respuestas antes de que ella hablara, pero invitándola de todos modos a expresar su angustia. Al final de su diálogo, Agar dice: “Tú eres un Dios que ve” (Génesis 16.13). Luego regresa a la casa de su ama para dar a luz a Ismael, no porque su situación haya cambiado, sino porque el Señor había conocido su aflicción (Génesis 16.11).
Ha sido la naturaleza de Dios ser testigo y “acompañante” de nuestro sufrimiento desde mucho antes de que enviara a su Hijo a la Tierra, y mucho antes de que el Espíritu Santo comenzara a consolar a los creyentes en la ausencia del Señor Jesús. Como hijos de Dios, podemos bendecir a otros siguiendo su ejemplo, brindándoles nuestra presencia, sin importar qué tan mal capacitados nos sintamos.