Cuando usted escucha la palabra “Iglesia”, ¿qué le viene a la mente? Dios creó la Iglesia para que fuera una comunión de creyentes que se animan unos a otros y cumplen la Gran Comisión (Mt 28.18-20).
Como vimos ayer, adorar a Dios, instruir y edificar a los creyentes, hacer discípulos de todas las naciones y servir a los necesitados son prioridades de la Iglesia. Sin embargo, si el liderazgo no es cuidadoso, estos propósitos pueden desequilibrarse. Por ejemplo, al enfatizar demasiado la enseñanza o la evangelización, se pueden descuidar otras áreas.
Aun dentro de la Iglesia se evidencian nuestras debilidades. Cuando hacemos de ciertos aspectos del ministerio nuestra única prioridad, surgen desacuerdos —incluso sobre asuntos menores como estilos de música o preferencias personales— que pueden afectar la unidad a la que Cristo nos llama (Jn 17.20-23). Nuestras luchas con el pecado nos recuerdan cuánto necesitamos la gracia de Dios en comunidad.
Cristo permanece fiel a su Iglesia. Al mantenernos en la Palabra y en la sabiduría de los siglos, Dios nos forma para sus propósitos. Sostenida por su presencia, la Iglesia sigue siendo el lugar donde el Señor se encuentra con su pueblo y transforma vidas.
BIBLIA EN UN AÑO: 2 CRÓNICAS 18-20