Nuestras palabras nos ayudan a hacer muchas cosas buenas: Podemos usarlas para hablar con nuestro Padre celestial. Podemos proclamar la verdad de las Sagradas Escrituras y cantar alabanzas a Jesucristo. Podemos amar, alentar, aconsejar y enseñar a quienes nos rodean. La lista es muy amplia.
Sin embargo, nuestras voces también tienen el poder de hacer un gran daño. Cuando se produce un problema de este tipo, a menudo ha sido provocado por algo pequeño, tal vez una crítica hecha con enojo o un ataque causado por envidia. Las palabras duras pueden sentirse bien, incluso justificadas a veces. Pero nunca consiguen lo que Dios desea porque, al final, no dan vida. No son lo que nosotros, como seguidores de Cristo, debemos ofrecer (Mt 22.36-40).
Cristo nos enseña que “el hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno... porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Lc 6.45). Por tanto, aunque de vez en cuando pueden surgir en nosotros palabras y sentimientos negativos, es importante hacer una pausa y tomar nota de ellos. Analicemos lo que realmente está causando esas palabras duras y oremos para que el Señor siga ablandando nuestro corazón y aumente nuestra capacidad de ser amables.
Biblia en un año: 2 Corintios 5-8