La mayoría de nosotros estamos acostumbrados a trabajar por una recompensa. Nos pagan por un trabajo realizado, y hay un bono cuando nuestro esfuerzo supera las expectativas. Es comprensible que muchas personas asuman que la salvación depende de nuestras acciones. Pero, gracias a Dios, ese no es el caso.
Dios nos dio mandamientos para revelar su estándar de santidad, pero nadie, excepto el Señor Jesucristo, los ha obedecido a la perfección. Santiago 2.10 señala: “Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos”. Un solo pensamiento de celos, comentario injusto o acción deshonrosa basta para quedar por debajo del estándar de Dios. Si la salvación dependiera de nuestra propia justicia, nadie podría ser salvo.
Nuestro Padre celestial sabía que nuestras fuerzas eran insuficientes para obedecer todo lo que Él ha mandado. Pero, por gracia, el Salvador cargó con nuestras iniquidades, murió y resucitó. Al hacerlo, venció el pecado para darnos libertad.
La muerte y resurrección del Señor Jesús rompieron las cadenas del pecado. Esta libertad está disponible para quienes confían en Él, y transforma todo. Al entregarle nuestra vida, encontramos verdadera libertad.
BIBLIA EN UN AÑO: MARCOS 3-5