Uno de los sentimientos más peligrosos es el desánimo. Cuando se apodera de nosotros, puede afectar cada área de nuestra vida. Entender cómo se manifiesta el desaliento puede ayudarnos a reconocerlo y enfrentarlo.
Una mente dividida suele ser la primera señal. Esta distracción nubla cada decisión y pensamiento. No importa lo que esté haciendo, parece como si una sombra se hubiera posado sobre su perspectiva, dificultando pensar con claridad o hallar gozo.
El “juego de las culpas” es una respuesta común. Cuando sufrimos, es natural querer responsabilizar a alguien: a Dios por permitir circunstancias dolorosas o a otros por cómo nos han tratado. Pero culpar a otros no nos da la sanidad que buscamos. A menudo nos mantiene atrapados en el mismo dolor del que intentamos escapar.
La ira no resuelta también puede ser señal de desánimo. Cuando la amargura echa raíces y la ira se encona, puede profundizarse hasta convertirse en algo más serio.
Todos nos desanimamos en algún momento. La pregunta no es si ocurrirá, sino qué haremos al respecto. Ore para que Dios examine su corazón en busca de cualquier rastro de desaliento y lo reemplace con fortaleza y paz. Él se las dará (Is 41.10).
BIBLIA EN UN AÑO: PROVERBIOS 19-21