Pedro quedó devastado cuando se dio cuenta de que había negado a Cristo, tal como el Señor Jesús había dicho (Lc 22.61, 62). Era el hombre que apenas horas antes había prometido dar su vida por Él (Lc 22.33), y es probable que haya pasado los días siguientes bajo un fuerte peso de culpa.
Quizás usted conoce también esa carga del pecado. Puede sentirse constante y llevar al desánimo. Pero para quienes han confiado en la muerte del Señor Jesús como pago por su pecado, la condenación no es la realidad: es solo una sensación.
La realidad es que los creyentes no están condenados por su pecado (Ro 8.1), sin importar cuán grave o frecuente sea. A veces nos juzgamos con dureza porque no alcanzamos el estándar santo de Dios. Pero cuando Dios mira al cristiano, ve la justicia de Cristo, que nos cubre desde el momento en que confiamos en Él. Nadie puede hacer tanto bien como para merecer su salvación. Solo el Señor Jesús quita el pecado.
Dios conoce las cargas del corazón. Por eso el ángel en la tumba vacía dio un mensaje que incluía a Pedro, asegurándole que vería al Señor resucitado (Mr 16.6, 7). No hay condenación en Cristo, y Dios quiere que sus hijos vivan con esa certeza.
BIBLIA EN UN AÑO: MIQUEAS 1-4