La mayoría aprendimos la Regla de Oro en la infancia: tratar a los demás como queremos ser tratados. Pero a medida que las relaciones se vuelven más complejas, vivir según este principio se vuelve más difícil.
En el pasaje de hoy, Jesucristo nos presenta los dos grandes mandamientos: amar a Dios con todo el corazón, alma y mente, y amar al prójimo como a nosotros mismos. En este segundo está nuestra mayor dificultad. Cuando somos heridos, tendemos a protegernos o a buscar venganza; incluso si no lo expresamos, el resentimiento influye en cómo hablamos y tratamos a los demás.
Como creyentes, no dependemos solo de nuestras fuerzas; el Espíritu Santo nos capacita para perdonar incluso cuando nos resulta difícil. “El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio” (Ga 5.22, 23). Estas cualidades crecen cuando nos rendimos a su obra.
¿Son evidentes estas características en sus relaciones con los demás, incluso con las personas que son más difíciles de amar? Pídale al Señor que produzca su fruto en usted hoy. Lo que Él hace crecer siempre superará lo que nosotros podríamos forzar por nuestra cuenta.
BIBLIA EN UN AÑO: JONÁS 1-4