Para algunos de nosotros, la culpa es un compañero constante. Vivimos cargando los errores del pasado y temiendo fallar en el futuro. Incluso cuando intentamos avanzar, la autocrítica nos sigue de cerca.
La culpa que resulta de romper leyes bíblicas o humanas es legítima. Cuando transgredimos, el Espíritu Santo señala lo que está mal y cómo corregirlo. Luego, en respuesta a nuestra confesión, Dios nos ofrece perdón y limpieza de la culpa cada vez (Sal 32.5).
Algunos sentimientos de culpa son falsos. ¿De dónde vienen? Pueden surgir de las mentiras y acusaciones del enemigo, que buscan reemplazar la paz con turbación y el gozo con desaliento. El legalismo también genera culpa: aunque la Palabra de Dios establece cómo vivir, algunas personas o iglesias imponen reglas extras. Además, experiencias de la infancia —como traumas o sentir que no cumplimos las expectativas de nuestros padres— pueden llevarnos a juzgarnos con dureza.
Romanos 8.1 nos dice: “Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús”. Si tiene luchas con culpa falsa, pídale al Señor que le ayude a recordar quién es usted en Él.
BIBLIA EN UN AÑO: JUECES 4-6