Todos los niños necesitan disciplina, pero el método que emplean los padres varía de un niño a otro. La razón es que cada niño es único.
Lo mismo sucede en la familia de Dios —todos necesitamos ser disciplinados. Si nos hemos alejado de Dios, su mano correctora se sentirá pesada mientras nos dirige de vuelta al buen camino. Esto se llama convicción de pecado. Su propósito es despertar nuestra conciencia de pecado para que volvamos a obedecer a nuestro Padre celestial.
La disciplina es dolorosa mientras pasamos por ella, en particular si hemos resistido la presión de la convicción. Pero cualquier padre sabio sabe que vivir con las consecuencias del comportamiento insensato enseña a los niños valiosas lecciones en cuanto a la importancia de la obediencia.
Dejados a nuestra suerte, desperdiciaremos nuestra vida yendo tras placeres fugaces y deseos egocéntricos. Pero al ser confrontados por la disciplina de Dios, cosecharemos el fruto de la paz y la justicia. Así que, rindámonos a la dirección del Padre cuando nos aleje del peligro y nos traiga de vuelta al refugio de su protección.
Biblia en un año: Hechos 5-7