Presión. Estrés. Conflictos. Sueños rotos. La vida está llena de adversidades. Cuando Cristo dijo que tendríamos problemas en este mundo (Jn 16.33), no estaba exagerando. Todos los días enfrentamos algún tipo de prueba. Muchas son triviales, como quedarse atascado en el tráfico o un día agotador con un bebé inquieto. Otras nos cambian la vida, como un diagnóstico devastador o la muerte de un ser querido. Pero, según Santiago 1.2, debemos “[tener] por sumo gozo” cuando estas pruebas de la vida se presenten en nuestro camino. Eso puede parecer imposible, pero no lo es cuando elegimos ver nuestro dolor desde la perspectiva de Dios.
Mantener una perspectiva cristocéntrica es fácil cuando la vida es tranquila y tenemos todo lo que necesitamos; aferrarse a esa perspectiva cuando todo se está desmoronando es mucho más difícil. La adversidad nos refina, pero para ver lo positivo en medio de nuestro dolor, debemos mirar las circunstancias desde el punto de vista de Dios. Eso significa recordar que Él nos ama y que está obrando en nuestra vida, cultivando nuestra fe y paciencia.
Dios usa tanto nuestras alegrías como nuestras pruebas para que maduremos en la fe y nos acerquemos a Él. De manera que las pruebas que enfrentamos en esta vida nos hacen parecernos más a nuestro Padre. Y por eso, podemos regocijarnos.
Biblia en un año: 2 SAMUEL 4-6