Para ayudarnos a distinguir entre el bien y el mal, Dios nos ha dado una conciencia, una especie de radar espiritual. La condición en que la mantenga determinará cuánto puede confiar en ella.
La conciencia pura es aquella que se mantiene sin mancha mediante la confesión del pecado (1 Jn 1.9) y refleja el deseo de obedecer la voluntad de Dios. Al ser limpiados, podemos vivir sin culpa, con transparencia. Cuando pecamos, sabemos de inmediato que debemos ponernos a cuentas con Dios.
La conciencia conflictuada se atasca en reglas y regulaciones, y su legalismo nos vuelve críticos de nuestro propio desempeño. Al crear un sistema de “debería, tengo que y debo”, lo usamos para definir lo correcto y lo incorrecto, revelando así una falta de comprensión de la justicia de Dios, que nunca puede ser sustituida por la justicia propia (Fil 3.8-10).
La conciencia manchada se contamina al albergar pecado. Cuando elegimos nuestro propio camino en lugar del de Dios, perdemos de vista lo que es hermoso y verdadero.
La conciencia cauterizada es insensible al pecado. Cuando resistimos e ignoramos sus advertencias, deja de responder.
Pídale a Dios que le muestre cómo está su conciencia y permita que Él la restaure donde sea necesario.
BIBLIA EN UN AÑO: JUECES 13-15