Los creyentes nacemos a una esperanza viva, un fundamento verdadero para nuestras expectativas y deseos. Muchas personas hoy viven con una falsa sensación de seguridad. Piensan que lo importante en esta vida es lo físico y lo material. Pero no hay seguridad en las cosas temporales (Mt 6.19, 20). Quienes persiguen la riqueza y la salud en lugar de a Dios descubren que sus sueños no se cumplen o no logran satisfacer.
Los cristianos anclamos nuestra esperanza en la roca sólida de Jesucristo. Sus palabras son siempre verdaderas y sus promesas jamás dejan de cumplirse. Aunque a veces sintamos desilusión cuando algo que esperamos no se ajusta al plan de Dios, Él siempre cumple su promesa de dar lo mejor a sus hijos (Is 48.17; Is 64.4). Cuando una puerta se cierra, otra se abre, por lo general con algo más adecuado y beneficioso. Su generosidad siempre supera cualquier deseo que podamos imaginar.
La mejor decisión que puede tomar un cristiano es fijar su esperanza en Cristo. Acepte todo lo que se ajuste a su voluntad y aléjese de lo que no. Las circunstancias pueden cambiar, pero el Señor Jesucristo nunca cambia. Él es una esperanza viva que nunca decepciona.
BIBLIA EN UN AÑO: LÉVITICO 5-7