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Contemplación en el silencio

Cuando bajamos el volumen del ruido interior y exterior, hacemos espacio para la voz de Dios.

Jamie A. Hughes 25 de enero de 2026

Noventa y seis horas después de la cirugía a corazón abierto de mi madre, ella todavía no había abierto los ojos. El procedimiento para reemplazar su válvula aórtica había sido exitoso, pero sufrió una fuerte hemorragia, además de otros problemas. Así que el equipo de la UCI cardíaca optó por la sedación para permitir que su cuerpo se estabilizara. Durante cuatro días, mi padre y yo nos turnamos en su habitación, pendiente de sus signos vitales a la espera de cualquier cambio. Estaba rodeada de un mar de máquinas, soportes de suero, tubos y cables que era difícil comprender. Así que esperamos, observando impotentes cómo una máquina de respiración forzaba oxígeno en sus pulmones.

Ilustración por Jeff Gregory

En la mañana del quinto día, los médicos consideraron seguro despertarla. Poco a poco recobró la conciencia y, como era de esperarse, estaba muy confundida y desorientada. Sin sus gafas, mamá apenas podía ver, pero reconoció de inmediato la voz de papá y la mía, girando la cabeza en nuestra dirección cada vez que hablábamos. Y aunque nosotros podíamos hacerle preguntas, ella no podía responder porque la máquina de respiración todavía seguía conectada.

Los intentos de usar un tablero de mensajes a menudo terminaban en frustración. Su cuerpo estaba demasiado débil para señalar, y no podía concentrarse por más de uno o dos minutos continuos. Una tarde, mientras dormía en el sillón reclinable que alguien nos había conseguido, me desperté y vi a mamá con los ojos abiertos y fijos en mí.

“¿Quieres que traiga el tablero?” le pregunté, bostezando. Pero ella solo negó con la cabeza, sabiendo que lo que necesitaba decir no valía el esfuerzo que implicaría. Así que nos conformamos con tomarnos de la mano en silencio hasta que ambas volvimos a dormirnos.

Así transcurrieron diez días.

No pude evitar pensar en Zacarías, el padre de Juan el Bautista. Un día, sin aparente importancia, “ejerciendo Zacarías el sacerdocio delante de Dios” en el templo, fue visitado por el ángel Gabriel —una experiencia aterradora en cualquier sentido. Y Gabriel le dijo algo maravilloso: que su esposa, que no había podido concebir, le daría un hijo llamado Juan (vea Lc 1.8-19).

Zacarías, desde luego confundido, dado que tanto él como Elisabet eran “de edad avanzada” (Lc 1.18), expresó sus dudas. Gabriel no consoló al hombre, no sonrió con tono tranquilizador, ni repitió el mensaje. En su lugar, dijo que Zacarías jugaría lo que tal vez fue la ronda más larga del “juego del silencio” registrada. Durante nueve meses, no pudo pronunciar palabra.

Es fácil pensar en esto solo como un castigo divino por su falta de confianza en la promesa de Dios sobre un hijo, pero mi tiempo en esa habitación de hospital me ayudó a verlo como algo más. El silencio es una oportunidad. Ya sea que se cultive con intención o que nos sea impuesto sin nuestro consentimiento, no debemos olvidar que Dios está en él y está creando algo bueno.

Vivo en Atlanta, una ciudad bulliciosa que rebosa de actividad y ruido. Y hoy en día tengo dos adolescentes bajo mi techo, así que no hay fin para los pitidos y zumbidos electrónicos que salen de las pantallas de las computadoras, teléfonos y consolas de videojuegos. Incluso mi masajeador ocular térmico habla, diciéndome que me relaje antes de comenzar. Buscar silencio y soledad en la cacofonía puede parecer imposible, pero he descubierto que hacerlo es transformador.

También he llegado a reconocer que no todos los silencios son iguales. La quietud de una biblioteca, por ejemplo, es una cortesía impuesta con gentileza. Los usuarios respetan el espacio compartido, la búsqueda de conocimiento que ocurre a su alrededor. Prestan atención a sus cuerpos: se mueven más despacio, colocan las cosas con suavidad y hablan con los ojos más que con la boca. Es un mundo de calma texturizada, una manta cálida de conversaciones con susurros, el zumbido del aire acondicionado y el suave pasar de las páginas.

El mundo natural tiene su propio tipo de silencio. Si eliminamos todos los ruidos creados por el hombre, quedan los sonidos más suaves del canto de los pájaros y la vida que se desplaza por el suelo del bosque. Podemos oír ramas de los árboles crujir a cientos de metros y el calmante ritmo del agua bailando sobre la piedra. En lugar de envolvernos como lo hace una biblioteca, el bosque abre nuestros oídos a la inmensidad de los “atributos invisibles” de Dios que se pierden cuando estamos distraídos (Ro 1.20 LBLA).

Y luego está el verdadero silencio del corazón.

Incluso cuando estoy en un lugar tranquilo —una habitación silenciosa, un porche soleado, un museo— continúo con el ruido de los pensamientos triviales que abarrotan mi cabeza. ¿Recordé descongelar el pollo? Espero no haber ofendido a nadie por faltar al club de lectura. En realidad, debería ir al gimnasio. ¿Cómo se llamaba ese podcast del que me habló Tammy? Oooh, podría escucharlo mientras hago ejercicio y

Si cada centímetro de mi corazón está lleno, no hay espacio para que habite el Espíritu de Verdad. Así que debo crear un silencio interior que me ayude a escuchar el lenguaje inefable de Dios, esas palabras intraducibles que Él usa para tocarme, guiarme y sanarme en el momento presente.

Cuando mamá dormía la siesta y yo podía escaparme unos minutos, siempre me sentía atraída por un jardín muy bien cuidado en el terreno del hospital. Me sentaba junto al lago o bajo la pérgola de uvas, escuchaba el zumbido de las abejas y observaba a las lagartijas correteando entre las flores. Después de ello, estaba lo bastante tranquila como para cerrar los ojos y concentrarme en mi respiración: inhalar contando hasta cuatro, mantener el aire, exhalar contando hasta cuatro; y dejar que eso me centrara.

Había seguido al Señor Jesús durante años. Conocía muchas de las promesas de liberación y protección en las Sagradas Escrituras, podía recitarlas de memoria e intentaba encontrar consuelo en ellas. Pero no fue hasta que creé ese lugar de silencio en mí, que las escuché. Que las creí.

Dios estuvo tan cerca de mí en ese jardín como lo estuvo de mi madre en la habitación.

Mi madre tuvo que pasar diez días en silencio, mucho menos que los nueve meses que soportó Zacarías. El Evangelio de Lucas no da detalles, pero me gusta imaginar que se volvió más atento a sus seres queridos y a la belleza del mundo que lo rodeaba, y quizás reconoció que sus palabras eran menos esenciales de lo que antes pensaba.

Solo puedo imaginar lo que Dios le enseñó durante esos largos meses, las cosas que debió revelarle y que transformaron a Zacarías de un hombre que dudó —e incluso pudo haberse opuesto a— la revelación de Gabriel, a un hombre que habló una gloriosa profecía sobre su hijo (vea Lc 1.68-79). A veces el silencio es la única manera de mostrarnos nuestras propias limitaciones y ayudarnos a hacer espacio para Dios.

En el décimo primer día después de que mi madre había estado sedada, los médicos le retiraron el tubo de la garganta. Durante las semanas siguientes aún necesitaría una máscara de oxígeno para respirar, lo que mantendría las conversaciones al mínimo. Pero en el instante antes de que se la pusieran, nos habló. Su mensaje fue de solo cuatro palabras, dichas en voz baja y sin vacilación. Después de todo, había tenido tiempo para pensarlo.

Los amo a ambos.

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