El ancla era una imagen popular en el mundo antiguo del Mediterráneo. Como esa economía dependía del comercio marítimo, el ancla simbolizaba seguridad y estabilidad. El autor de Hebreos usó esa palabra para recordar a los creyentes que Dios ha dado una esperanza que se mantiene firme en cualquier tormenta (Heb 6.19).
La esperanza es una actitud saludable. Esperar lo bueno reconforta la mente y el corazón. En contraste, la desesperanza es dolorosa. Es abrumador y deprimente pensar que lo que uno enfrenta no puede mejorar. Para quien ha perdido toda esperanza, la vida se siente como un túnel oscuro e interminable.
Proverbios dice: “La esperanza que se demora es tormento del corazón” (Pr 13.12). Pero con nuestro Dios Todopoderoso, ninguna situación carece de esperanza. En Él tenemos la promesa de la segunda parte del versículo: “Árbol de vida es el deseo cumplido”.
Los creyentes tenemos una esperanza que ancla nuestra alma. Nuestra relación con Cristo nos acerca al trono celestial, donde podemos depositar todas nuestras cargas. Además, podemos aferrarnos al Señor en cualquier prueba. Él ilumina ese túnel oscuro y nos guía con ternura en las situaciones difíciles.
BIBLIA EN UN AÑO: LÉVITICO 1-4