En un reciente día de otoño, presionaba las letras del teclado al azar, actualizando cada pocos minutos la página de la cuenta bancaria de la herencia de mi padre. Él había fallecido varios meses antes, tras un diagnóstico de cáncer de colon en etapa terminal y dos meses en el hospital. Yo me había convertido en la albacea de su patrimonio, navegando por todas sus cuentas, el tribunal de sucesiones y las frágiles relaciones con mis medios hermanos y mi madrastra.
Ilustración por Jeff Gregory
Luego, apenas unas semanas después de la partida de mi padre, a mi mamá le diagnosticaron cáncer de estómago en etapa 4. También me convertí en la defensora médica de mi madre. Llamaba para concertar las visitas al médico, buscaba segundas opiniones y viajaba para apoyarla durante los tratamientos de quimioterapia. Trataba constantemente de no imaginar sus últimos días, valiéndome de la experiencia demasiado reciente de los últimos días de mi padre.
Para esa templada tarde de otoño, unos pocos meses después, mis nervios estaban destrozados. Mi mente estaba en una espiral de ansiedad, imaginando siempre lo peor que podría ocurrir. Al final habíamos vendimos el apartamento de mi padre, pero me preocupaba que algo sucediera con los cientos de miles de dólares que flotaban en el ciberespacio, moviéndose de la cuenta del comprador a la de mi padre.
Finalmente, llegó la notificación. La transferencia bancaria había sido exitosa. Por un breve momento, mis hombros se relajaron. Escuché el canto de un pájaro desde la ventana del cuarto de mis hijos, al final del pasillo, y sentí la urgente necesidad de ir a verlo, como si esa llamada fuera específicamente para mí. Posado en el techo, un brillante arrendajo me miró con fijeza por un instante y luego emprendió el vuelo.
Fue un encuentro tan breve, pero transformó por completo mi manera de pensar. Aquí había un mundo justo al lado del mío, completamente ajeno a mi ansioso mundo interior. El sonido del canto de ese arrendajo azul me invitó a un oasis de criaturas en el momento presente, de la luz solar fluyendo sobre los árboles, las hojas fotosintetizando y las pelusas de diente de león flotando en la brisa.
El Señor Jesucristo sabía que el mundo creado era una forma poderosa de hablar a las ansiedades humanas. Cuando pronunció el Sermón del Monte ante una multitud polvorienta y desesperada, reunida en una ladera montañosa de Galilea, les dijo que no se preocuparan por de dónde vendría su próxima comida ni por cómo conseguirían calzado para sus pies cansados. En cambio, dirigió a los oyentes a “fijarse en las aves del cielo” y “observar cómo crecen los lirios del campo” (Mateo 6.26, 28 NVI). Si incluso estas plantas y estos animales aparentemente insignificantes y de corta vida breve están siendo atendidos en la intrincada red de la creación de Dios, ¿cuánto más nosotros, que no solo somos criaturas de Dios, sino que también estamos hechos a su imagen?
Por lo general, leemos este pasaje en sentido metafórico, usando los ejemplos del Señor sobre las aves y las flores silvestres para entender la abundante provisión de Dios para todo lo que ha creado. Pero ¿y si tomáramos al Señor al pie de la letra cada vez que nos golpean esas olas de ansiedad? ¿Y si, en esos momentos en que lo desconocido nos deja sin aliento o no sabemos cómo atravesar todo eso, miráramos literalmente a las aves y a las flores por la ventana? Mejor aún, ¿y si saliéramos y nos uniéramos a ellas con un espíritu de curiosidad?
El simple hecho de pasar tiempo en la naturaleza, enfocándonos en la manera en que todas las cosas se mantienen unidas de manera perfecta en las manos de Dios, siempre es una experiencia enriquecedora para el alma. Pero también hay lecciones más directas que aprender cuando examinamos las cosas con mayor profundidad. Por ejemplo, hace unos años intenté cultivar algunas estrellitas de pradera, una planta nativa con flores moradas y esponjosas al estilo del Dr. Seuss. Antes de poder plantar las semillas en la tierra, tuve que hacer algo llamado “estratificación en frío”. Esto implicaba mezclar las semillas con tierra húmeda y colocarlas en una bolsa de plástico en el refrigerador durante unos meses, imitando lo que experimentan las semillas en el invierno cuando sus duras cubiertas se ablandan por la intemperie.
Las semillas germinaron, pero no sobrevivieron. Mientras tanto, las semillas de equinácea púrpura que había esparcido en otra parte del jardín dos o tres años antes brotaron y florecieron. Esta primavera pensé que las plántulas de rosa de carbón que había plantado el año pasado en ese mismo espacio habían muerto, pero milagrosamente volvieron a brotar. Debieron haber echado raíces incluso mientras sus hojas se marchitaban, esperando su momento para la siguiente estación.
Cuando creo sin dudar en lo que el Señor dice, y “veo cómo crecen las flores del campo”, noto las maneras sorprendentes en que las plantas saben cuándo brotar y cuándo mantenerse ocultas. Por designio de Dios, incluso las semillas diminutas y los cepellones que apenas se sostienen registran las condiciones externas cambiantes —niveles de humedad, temperatura, la luz solar disponible, patrones de viento— saben cuándo es su momento.
De igual manera, nuestros cuerpos humanos, formados de la misma tierra de la que emergen esas semillas, saben mucho más de lo que nuestras mentes no siempre registran. El Señor Jesucristo dice que nuestro Padre celestial provee para nosotros. Mirar las flores del campo no solo señala la provisión de Dios en cuanto al vestido (véase Mateo 6.25–34), sino también aquello que sabemos en lo más profundo de nuestro ser como sus criaturas: que Dios es consciente de nuestras necesidades y se encarga de ellas en cada estación de la vida.
Por ejemplo, habrá temporadas secas y también lluviosas, cuando parece que no hay más que dolor y tristeza. Sin embargo, fuimos hechos para todas ellas. En mi estación actual, confío en que el cuerpo de mi mamá sabe cómo vivir y cómo morir cuando llegue el momento. Asimismo, Dios ha provisto a cada uno de nosotros —ya seamos “receptores de cuidados”, “proveedores de cuidados” o una combinación de ambos— con recursos profundos, incorporados en nuestro ser para saber cómo atender nuestra ansiedad, apenarse y avanzar con confianza a través de los tiempos difíciles.
Aprendí otra lección, esta vez de un pájaro. El carbonero pesa menos de media onza (aproximadamente lo mismo que una pila AAA) y sobrevive la temporada comiendo las reservas de semillas que ha escondido cuidadosamente en un área de 3 km aproximadamente. Al inicio del invierno, su cerebro crece para albergar un mapa mental de las grietas en la corteza de los árboles o las hendiduras de los troncos, y volverá a encogerse cuando llegue la primavera y las plantas ofrezcan nuevas fuentes de alimento.
El carbonero confía en esta habilidad dada por Dios para recordar los múltiples lugares donde las semillas están almacenadas. Y las semillas que no son comidas crecen gracias a la delicada sincronía del agua, la luz solar, criaturas y vida vegetal. Cada miembro de la comunidad de la creación de Dios apoya a otro en un florecimiento mutuo —las plantas ofreciendo semillas, las aves llevándolas a distintos lugares en sus picos y excrementos, la vida vegetal y los animales descomponiéndose en el suelo con la ayuda de bacterias y hongos, y todos los elementos, creando las condiciones ideales para que nuevos brotes emerjan de la tierra.
Dios ha dado al carbonero habilidades únicas en cuanto a mapeo mental y memoria. Pero el carbonero no puede sobrevivir solo con sus esfuerzos. Cada mañana de invierno en que el carbonero sale de su nido, es otro testimonio del regalo de vida que Dios nos da a cada uno de nosotros a través del sistema de apoyo de toda la creación. De igual manera, los humanos no podemos lograrlo solo con nuestros propios esfuerzos. Nos necesitamos unos a otros. También necesitamos toda la creación de Dios para apoyar nuestro florecimiento —desde los árboles que filtran el aire hasta los insectos que polinizan los cultivos. Observar la fragilidad y la resiliencia simultáneas de las aves nos abre a una perspectiva diferente sobre nuestros problemas personales. E incluso, nos ayuda a reconocer cuánto dependemos, como criaturas de Dios, de su gracia y provisión en cada momento de la vida.
Así que, cuando llegue la ansiedad, tenemos una decisión que tomar: ceder a ella o recordar de Quién somos. En lugar de desmoronarnos, podemos respirar profundamente. Podemos mirar las flores y las aves. Y podemos saber que, en la presencia de nuestro Creador y de todo lo que Él ha hecho, nunca estamos solos