Saltar al contenido principal
Costa de Maui, Hawái. Fotografía por Charles F. Stanley.
Meditación diaria

Juntos, damos testimonio

No tenemos que dar testimonio solos. Dios nos dio otros creyentes y al Espíritu Santo para ayudarnos a compartir a Cristo con los demás.

Hechos 1.4-8

Antes de ascender al Padre, el Señor Jesucristo reunió a sus discípulos por última vez y les hizo una promesa extraordinaria. No debían salir de Jerusalén todavía; debían esperar algo que cambiaría todo: “Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos” (Hch 1.8).

Observe que el Señor dirigió estas palabras a un grupo. No comisionó a un solo hombre a cumplir esta misión para que fuera solo. Reunió a todos sus apóstoles y les dijo, juntos, que el Espíritu Santo los capacitaría, juntos, para dar testimonio de lo que habían visto y escuchado. La iglesia primitiva nunca fue concebida como un conjunto de creyentes aislados que actuaban individualmente. Fue diseñada para ser una comunidad cuya vida compartida hacía visible a Cristo.

Esa sigue siendo la esencia del testimonio hoy. No tenemos que fabricar valor por nuestra cuenta ni saber qué decir en cada momento. Pertenecemos a un Cuerpo de creyentes —del pasado y del presente— donde el Espíritu ya está obrando. Nuestra tarea es vivir con corazones fieles dentro de esa comunidad, confiando en que, cuando llegue el momento de hablar, el Espíritu Santo nos dará lo necesario (Lc 24.49). Dar testimonio no es una actuación; es el desbordamiento de una vida compartida en Cristo.

BIBLIA EN UN AÑO: LUCAS 14-16