La vida cristiana es una vida activa: trabajar, servir, compartir y amar. Es tentador pensar que ser creyente significa solo asistir a la iglesia cada semana y dar una ofrenda. Esos son buenos hábitos, pero la instrucción final de Jesucristo a sus discípulos abarcaba mucho más.
En el pasaje de hoy, el Señor dice a sus seguidores: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones” (Mt 28.19). Observe que no dice “conviertan” o “recluten”, sino “hagan” discípulos. Un discípulo camina junto a su maestro, aprende de él y, con el tiempo, llega a parecerse a él. Esta formación ocurre mediante conversaciones llenas de amor, amistad y las distintas etapas de la vida, a medida que la fe se refleja en nuestra manera de vivir.
Esto quita la presión. Para tener un impacto en el reino, no es necesario dejar su trabajo para ser misionero ni preparar una presentación del evangelio para sus vecinos. Basta con prestar atención a las personas que Dios ha puesto en su vida y mostrarles amor, interés genuino y una fe auténtica. Luego, cuando surjan preguntas, estará preparado para responderles (1 P 3.15).
La mayoría de los cristianos fueron influenciados por personas de confianza que les mostraron amor antes de hablarles de la fe. Ese es el trabajo que Cristo nos ha encomendado.
BIBLIA EN UN AÑO: LUCAS 12-13