Dios es infinito. Con nuestra mente limitada, nos resulta difícil comprender con exactitud lo que esto significa, pero meditar en la grandeza de Dios es esencial. Su amor no tiene medida, y su justicia, misericordia y rectitud son ilimitadas. Ni el tiempo ni el espacio pueden contenerlo.
No hay lugar donde podamos ir que esté fuera de su alcance. Como creyentes, estamos eternamente conectados con el Padre porque Él es eterno. Se llama a sí mismo el Alfa y la Omega, que significa el principio y el fin. Cuando el tiempo y el espacio comenzaron, Él fue quien los creó. Y cuando terminen, Él todavía estará allí. Es “el que es y que era y que ha de venir” (Ap 1.8). Este fue un concepto revolucionario para la multitud de judíos a quienes Cristo anunció: “Antes que Abraham fuese, yo soy” (Jn 8.58). Ellos entendieron que el Señor Jesús, al decir que era uno con Yavé o Yahweh (el nombre de Dios, que significa “Yo soy”) reclamaba ser eterno, y quisieron matarlo por decir algo que consideraban una blasfemia (Jn 8.59).
Dios no solo es infinito y eterno; también es inmutable (Stg 1.17). Mucho de lo que creemos se basa en esta característica de Dios. Podemos confiar en sus promesas porque ellas nunca cambian y en su amor porque nunca termina.
BIBLIA EN UN AÑO: 2 SAMUEL 10-12