Todos pecamos, pero el Padre celestial es fiel para restaurar la comunión con sus amados hijos. Él lo hace derribando los muros que se levantaron a causa de nuestra desobediencia. El primer paso hacia esa restauración es la confesión sincera; es decir, en lugar de permanecer en la negación del pecado que nos domina, lo reconocemos por su nombre. De lo contrario, la negación bloquea la sanidad y la libertad que Dios ofrece.
Pero el pecado rara vez existe en el vacío. Las razones detrás de un comportamiento incorrecto suelen ser emocionales. Sentimientos como inseguridad, insuficiencia o baja autoestima pueden impulsarnos a buscar maneras de satisfacernos o escapar del dolor. El resultado suele ser algún comportamiento poco saludable que empeora la lucha.
A Dios le importa cada dimensión de esa lucha: espiritual, emocional, mental y física. La confesión abre la puerta a su obra sanadora, y Él sale a nuestro encuentro por medio de su Palabra, su pueblo y la sabiduría que da a quienes nos ayudan a sanar.
Como nos recuerda Pablo: “Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud” (Ga 5.1). Esa libertad es real y nos alcanza.
BIBLIA EN UN AÑO: EZEQUIEL 46-48