Todos fallaremos, a veces de maneras muy dolorosas. Pedro sabía bien cómo se siente eso. Jesucristo le advirtió que Satanás había pedido permiso para “zarandearlo” como al trigo (Lc 22.31), sacudiendo su fe con tanta fuerza que se apartaría como paja llevada por el viento. Pedro estaba seguro de que eso no sucedería: “Aunque todos se aparten, yo no lo haré” (Mr 14.29 LBLA). Pero esa confianza estaba puesta en sus propias fuerzas, y ahí mismo fue donde el enemigo atacó.
Cuando Satanás zarandea a los creyentes, su objetivo es dañar nuestra fe y apartarnos del reino de Dios. Ataca nuestras fortalezas, las áreas en las que nos sentimos invencibles. La lealtad de Pedro al Señor era genuina, pero su orgullo la convirtió en un blanco fácil. Cuando el enemigo tiene éxito, la decepción y la vergüenza pueden paralizarnos, pero no tenemos que quedarnos allí.
Si estamos dispuestos, Dios puede usar hasta nuestros peores fracasos para transformarnos. La negación de Pedro no lo descalificó; desmanteló su autosuficiencia. Lo que la reemplazó fue la valentía del Espíritu Santo, que transformó a un hombre incapaz de confrontar a una sirvienta en uno que proclamó el evangelio con poder (Hch 2.22-24). El fracaso no fue el final de su historia, sino un punto de inflexión.
BIBLIA EN UN AÑO: DANIEL 3-4