El pasaje de hoy nos dice que Cristo es la vid. No podemos impresionar a Dios ni ganar su aprobación. Nuestro llamado es hacer lo que hacen las ramas: permanecer. Y aunque eso suena sencillo, puede ser el acto de fe más valiente que exista.
El Espíritu Santo vive la vida de Cristo a través de cada creyente. Este proceso es conocido por diversos nombres: la vida transformada, la vida llena del Espíritu, la vida de permanencia. Todos ellos describen la existencia gozosa de la que habló Pablo en Gálatas 2.20: “Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios”.
Vista desde afuera, una rama no parece estar haciendo mucho. Pero la vida que permanece en Dios está lejos de ser pasiva. Cristo fue el ejemplo perfecto de una vida llena del Espíritu, y sin duda no se quedó sentado. Se entregó de lleno a la tarea, impulsado por una fuente de energía divina (Jn 14.10). Toda su sabiduría, conocimiento y valentía provenían del Espíritu Santo.
El fruto del Espíritu no se produce por esfuerzo humano; crece mediante la rendición. Nos enraizamos en el Padre celestial al meditar en su Palabra, orar y servir. No nos reservamos nada para controlar, sino que confiamos por completo en Él. Esto no es una vida pasiva; es una vida en comunión con Él.
BIBLIA EN UN AÑO: DANIEL 5-6