En los primeros capítulos de las Sagradas Escrituras, aprendemos que el pecado separó a la primera familia de Dios y, luego, a la primera familia del Jardín del Edén. En este mensaje, el Dr. Stanley explica el designio de Dios para la unidad con Él y la unidad en el Cuerpo de Cristo. Descubra cómo desempeñar su papel cada día en el Cuerpo de Cristo.
Bosquejo del Sermón
La unidad en la fe no significa que todos estemos siempre de acuerdo. Significa caminar juntos en sumisión al Espíritu Santo, dejando a un lado nuestras diferencias para cumplir el llamado de Dios. Esta semana, el Dr. Stanley nos habla de la unidad cristiana, cimentada en un solo Espíritu y un solo Señor.
Pasaje clave: Efesios 4.1-6
Lecturas de apoyo: 1 Corintios 8.5, 6; 12.13; Efesios 4.13; Judas 3
El pecado siempre ha dividido; desde la época de los primeros seres humanos en el huerto hasta las relaciones rotas de nuestros tiempos. Gracias a Dios, compartir la unidad del Espíritu nos ayuda a vencer el pecado.
“En la vida cristiana no hay llaneros solitarios”.
¿Qué es lo que nos une? Pablo destaca siete verdades básicas (Ef 4.4-6):
Somos un Cuerpo. Cada miembro de la Iglesia es importante. No existe una parte del Cuerpo de Cristo que sea insignificante.
Tenemos un Espíritu. El mismo Espíritu Santo mora en cada creyente. Él nos capacita para vivir la vida a la que Dios nos ha llamado.
Compartimos una misma esperanza de nuestra vocación. La esperanza que nos une es el regreso de Jesucristo y la promesa de vida eterna con Él.
Tenemos un Señor. Jesucristo es soberano. Al llamarlo Señor reconocemos la posición que le pertenece como Soberano de todo lo que existe.
Tenemos una fe. El Cuerpo de Cristo está unido por lo que cree: la muerte, la sepultura y la resurrección del Hijo de Dios. La salvación se recibe solo por medio de la fe en Él (Jud 3).
Tenemos un bautismo. El Espíritu de Dios ha incorporado a cada creyente en Cristo. El bautismo es la expresión visible de esa realidad espiritual (1 Co 12.13).
Tenemos un Dios. Él está por encima de todo, actúa por medio de todo y está en todo. Todos los creyentes tienen el mismo Padre, quien gobierna el universo y, al mismo tiempo, habita en cada uno de sus hijos.
“Cada uno de nosotros somos una parte personal, vital, individual y amada del Cuerpo de Cristo”.
¿Qué se requiere para preservar la unidad del Espíritu (Ef 4.2)?
Humildad. Nuestro pensamiento siempre debe ser: Jesucristo primero, los demás después, y nosotros de último. Una persona humilde nunca trata de imponerse ni hace que otros se sientan inferiores.
Benignidad. No es debilidad, sino fortaleza bajo control. Una persona apacible no se desvía fácilmente de su camino por las críticas, las dificultades o las falsas acusaciones.
Paciencia. Es la capacidad de esperar el tiempo de Dios, soportar las dificultades sin tomar represalias y confiar en el Señor en medio de situaciones difíciles.
Dominio propio. Implica soportar a personas difíciles, no porque lo merezcan, sino porque el amor lo exige.
Estas cuatro características juntas producen paz y estabilidad en el Cuerpo de Cristo.
Después de ver el sermón
Pablo menciona cuatro características que ayudan a preservar la unidad: humildad, benignidad, paciencia y dominio propio. Enumérelas del uno al cuatro, siendo el número uno la que encuentra más natural en su vida, y el cuatro la que más le cuesta expresar. Reflexione por unos instantes en el número cuatro. ¿Puede pensar en una relación específica en la que esa característica esté siendo puesta a prueba ahora mismo? Pídale ayuda a Dios para comenzar a afrontarla.
El Dr. Stanley nos recuerda que: “No hay llaneros solitarios en la vida cristiana”. ¿Quién en el Cuerpo de Cristo le ha sostenido con sus oraciones, enseñanzas o sencillamente con su presencia? Acérquese a esa persona esta semana para expresarle su sincera gratitud, pues esto fortalece el vínculo de unidad que Pablo describe.