La Biblia habla del poder y la majestad de Dios, al mismo tiempo que revela su profunda misericordia y su amor. Claramente, Él es digno de nuestra entrega total y apasionada. Y se complace cuando elegimos seguirlo con total obediencia, pase lo que pase.
Pensemos en la palabra “compromiso”. La obediencia al Señor no depende de la situación presente; es una sumisión total como estilo de vida. Nuestra naturaleza humana prefiere poner límites a la obediencia y cambiar de opinión cuando los planes se alteran, el resultado no está claro o tenemos miedo. Pero Dios promete que nunca nos dejará (Dt 31.6) y que sus planes para nosotros son buenos (Jer 29.11). Por eso podemos obedecer, confiando en que las consecuencias quedan en sus manos.
El Salmo 1 describe el estudio de la Palabra de Dios, no por obligación sino como fuente de vida. Una obediencia así no ocurre por accidente. Crece a medida que permanecemos cerca de las Sagradas Escrituras, oramos con sinceridad y seguimos volviendo a Dios incluso después de haber tropezado.
Cuando Cristo es el Señor de nuestra vida, la pregunta que define todo se convierte en: ¿Qué quiere Dios que haga? Seguirlo es cómo crecemos y cómo encontramos nuestro equilibrio incluso cuando el camino por delante sea incierto.
BIBLÍA EN UN AÑO: JUAN 6-7