Todos queremos ver evidencias de que estamos creciendo en la fe, aunque las señales no siempre son dramáticas. La mayoría de las veces, aparecen en silencio, en los momentos cotidianos de la vida.
Ofrecemos perdón donde antes había rencor y somos más pacientes con quienes nos resultaban difíciles. Cristo, en la cruz, pidió al Padre que perdonara a quienes lo crucificaban (Lc 23.34). Ese amor no es natural; es fruto de una vida moldeada por la presencia de Dios.
El crecimiento también cambia lo que nos satisface. Con el tiempo, el mundo nos satisface menos y Dios más. A medida que aumenta nuestra fe en Dios, descubrimos cuán fiel es Él en realidad, lo que se convierte en una invitación a confiar más en Él.
Con el tiempo, la obediencia deja de sentirse como obligación. El salmista escribió: “¡Oh, cuánto amo yo tu ley! Todo el día en ella es mi meditación” (Sal 119.97). Ese deleite no nace del deber, sino del amor: es la respuesta natural de un corazón que ha conocido la bondad de Dios por experiencia propia.
Estos no son logros por los que debamos esforzarnos; son señales de lo que Dios ya está haciendo en nosotros. Busque tiempo en su presencia y verá cómo su obra da fruto en su vida.
BIBLIA EN UN AÑO: EZEQUIEL 7-9